Jack el Destripador pudo ser una mujer

 Después de licenciarme como criminólogo valoras y repasas las asignaturas que tienes que superar para acabar una carrera de 5 años y te das cuenta que muchas de ellas son repetitivas y sin ninguna práctica para tu carrera profesional. En cambio echas de menos algunas que, al menos a los que disfrutamos con la criminología, hubieran hecho disfrutar de otra manera esa formación. En una presentación de su libro, Vicente Garrido puso palabras a lo que yo pensaba: ¿por que no se enseña la historia del crimen en una carrera como es la criminología?  Seguramente por que el 96% de los docentes siguen enquistados en ser licenciados en derecho y psicología y apenas ninguno en criminología. Triste.

Dicho esto, me gustaría compartir una historia que, para los que sí nos gusta la criminología, hemos leído mucho sobre su historia fuera de la carrera. Esta historia me gustó, por que da otra perspectiva y ofrece otro sospechoso más a la lista del asesino que actuaba bajo el nombre de Jack el Destripador y que no ha pasado a nuestros días, quizá por ser una mujer.

A mitades del siglo XIX (1860) apareció un niño de 4 años muerto en la cabaña anexa a la residencia de Samuel Savile Kent  en la cual vivía con su segunda esposa y madre del niño muerto y tres hijos más de la primera mujer. Cuando entraron en la cabaña encontraron en el suelo de la casucha cubierto de sangre y en una de las habitaciones el cadáver de un crío vestido con un pijama y envuelto con una manta. Presentaba una herida en el pecho y un corte tan profundo en la garganta que la cabeza casi se había desprendido.

La reacción de la policía fue arrestar a la niñera (como no), que no tenía móvil aparente y que sin pruebas en contra tuvieron que soltarla días después. Al tratarse de una familia importante en el momento del arresto no se registró la casa, ni  armarios ni tan solo la habitación del chico para “no incordiar a la familia ni invadir su intimidad”. Como la policía no sabia como actuar, Scotland Yard envió al detective Jonathan Whicher, uno de sus investigadores más talentosos, para que se hiciese cargo del caso. Como estaba al corriente de que la mujer actual era la madre de la víctima decidió prestar atención a la mayor de los hermanos de la primera mujer. Esta era Constance, hija de dieciséis años de la difunta primera mujer. Sabía que la joven solía utilizar la vieja cabaña como escondite, y que su madre había tenido un historial de desarreglos mentales. Cuando empezó a investigarla encontró que uno de los camisones de Constance había desaparecido. Aunque la policía local halló en su momento una prenda de vestir ensangrentada muy cerca de la sala de calderas, no se recogió como prueba. Cuando el detective fue a buscarla, había desaparecido. Registró la habitación de la joven, cuyo resultado fue el hallazgo de un montón de recortes de periódicos antiguos que estaban escondidos debajo del colchón. En ellos se relataba la historia de Madeleine Smith, la joven escocesa procesada en 1857 por envenenar a su amante y que salió libre con un veredicto de “no probado”. Después de encontrar estos recortes y al ver que faltaba un camisón en la habitación de la joven, Whicher se dispuso a arrestar a Constance. El revuelo social que se originó fue tremendo y el abogado defensor supo ganarse al jurado y la chica salió libre. Whicher fue relevado del caso.

Cinco años más tarde, Constance Kent volvió a aparecer en un retiro religioso, también conocido como un hogar para madres solteras en Brighton, Inglaterra. Convencida por el cura del lugar, Constance se declaró culpable de la muerte de su hermanastro de cuatro años. Constance describió  a la policía como había apuñalado al pequeño. “pensé que la sangre nunca iba a salir”. El tribunal la condenó a muerte, pero debido a su juventud en el momento del crimen y al hecho que Constance hubiese admitido su culpa, la sentencia se conmutó por cadena perpetua.

Al cabo de veinte años, en 1885, fue puesta en libertad, en un mundo que le resultó totalmente ajeno. Constance tenía cuarente y un años y el cabello gris. Poseía alguna formación y experiencia como partera, y se sabe que esporádicamente la dominaba un sentimiento religioso. También sabemos que alguna vez había demostrado su destreza con los cuchillos, pero no hay registros que indiquen dónde se estableció ni en qué se ocupó a partir de aquel momento. Faltaban tres años para que los crímenes de Jack el Destripador pusieran en vilo a la ciudad de Londres. Como se creyó y cree que el asesino tenía alguna formación médica y buena mano para los cuchillos, resulta tentador especular sobre la posible relación entre una y otro…

David Garriga Guitart

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