¿Tomamos un té con Sherlock Holmes?

¿Te apetece tomarte un té en la sala de espera del 221 de la calle Baker, junto al detective más famoso de la historia? Por desgracia, es una dirección que sólo podremos encontrar en la cabeza de Sir Arthur Conan Doyle, al igual que el único hombre de su tiempo que pudo ensombrecerle.

Un personaje que él mismo creó, que alimentó hasta volverse incontenible, que arrojó al vacío junto al criminal Moriarty para librarse de él. Y que resucitó ante la aclamación de sus lectores, pues no tomaron nada bien su trágico final.

La leyenda de Sherlock Holmes es fuerte, y se fortalece más con cada año que pasa. Los descendientes del escritor inglés debieron reunir una millonada en derechos de autor cuando su creación emblemática se convirtió en uno de los personajes literarios que mayor número de adaptaciones ha cosechado en series y largometrajes. El séptimo arte ha revivido al detective y a su inseparable compañero, el doctor Watson, en innumerables ocasiones. Pero ha sido la industria hospedera quien ha derribado las últimas barreras entre ficción y realidad permitiéndonos visitar una réplica de su apartamento en el Restaurante Sherlock Holmes.

 

Las raíces de este pub temático las encontramos, como no podía ser de otro modo, en esa admiración que sienten los ingleses por su detective literario más internacional. En 1957, la multinacional empresa de hospedería Withbread and Co. compró una exposición completa sobre Sherlock Holmes que se había recopilado en el Festival de Gran Bretaña durante su gira mundial. Con este tesoro en sus manos, y gracias a la ayuda de la familia de Sir Arthur Conan Doyle, los propietarios lograron abrir un hogar permanente para las piezas de las aventuras del detective en un antiguo pub de la calle Northumberland, que está decorado a imagen y semejanza del apartamento que compartieron Holmes y Watson en la calle Baker.

Las únicas excepciones que no recrean el mundo del detective son la amplia cristalera de marco negro de la fachada, a imitación de una antigua cafetería británica; el bar, que se vertebra alrededor de un mostrador principal donde las botellas de cerveza se empujan a codazos; y el elegante restaurante de paredes tapizadas y mobiliario en granate y negro. Los colores del crimen, un aperitivo que nos mete en sintonía y nos trae a la memoria “Estudio en Escarlata” mientras saboreamos los platos típicos de la gastronomía inglesa a un precio más que razonable: desde los clásicos fish and chips y el roast beef hasta los steaks, los solomillos, el pudin de chocolate o el pastel de manzana.

Un ambiente hogareño que no se aleja de los cánones del pub tradicional. La zona de tránsito entre la realidad de la calle y el universo del detective que no abandona ese perfume británico a tabaco, cerveza y madera vieja.

Al introducirnos en el corazón del edificio, nos tropezamos con cuartos que parecen aún más pequeños de lo que son. Esta sensación la generan el remolino de desorden controlado que se extiende entre las paredes y la desorbitada cantidad de objetos que contienen. El revólver del doctor Watson, el violín que Holmes tocaba a altas horas de la madrugada, estanterías donde se agolpan frascos con sustancias químicas y libros de los que sobresalen páginas, pipetas y microscopios, una mesita de te de rasgos orientales, sillones depositados sobre una hermosa chimenea, bastones y pipas que han enmudecido por no tener quien las fume, y papeles y carpetas de lomo de cuero esparcidas por doquier.

El backstage del restaurante es el mausoleo de Sherlock Holmes. La cantidad de objetos es tal que apenas deja espacio para pasearse por las estancias; y aunque reina un cierto caos, curiosamente no hay nada fuera de lugar. Nada que falta o que no debiera estar ahí. Cada centímetro de la habitación es un recuerdo con el poder de evocar una frase, una escena, un capítulo o una aventura entera del célebre detective. Como un extraño deja vu literario. De ahí que el local se considere como la mayor y más completa exposición “viviente” de Sherlock Holmes que se conserva en el mundo.

Las atracciones principales son el salón de estar y el estudio, donde aguardan una réplica de Holmes y Watson. No son los únicos moradores del pub, sino que por el resto de las estancias se hallan repartidas otras efigies de los actores que encarnaron a los personajes en la pequeña y la gran pantalla. Algunas de ellas, elaboradas con tanto detalle que parece que en cualquier momento cobrarán vida y exclamarán: “¡Elemental, querido Watson!”. De hecho, más de uno se llevará un sobresalto al cruzarse con la expresión cruel inhumana de una estatua disecada del perro de los Baskerville, y saldrá corriendo sin detenerse a coger el abrigo ante el temor de ser atrapado por ese sabueso infernal.

Embárcate en un viaje literario por los recuerdos del famoso detective. Con los baños turcos aguardando a la vuelta de la esquina y los raíles de la estación de Charing Cross crujiendo de fondo, basta asomarse a la ventana para evocar algún capítulo de sus archivos o memorias, e imaginar a los dos compañeros corriendo por la calle para resolver algún misterio.

Link: http://www.eleconomista.es/evasion/gastronomia/noticias/4215534/08/12/Tomamos-un-te-con-Sherlock-Holmes.html

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