El asesino en serie nazi

 
En otoño de 1940, Paul Ogorzow, un trabajador berlinés de la industria ferroviaria, se embarcó en una espiral de violencia que acabaría con la muerte de ocho mujeres

Paul Ogorzow
 
 
Durante el otoño de 1940, Berlín se encontraba en estado de agitación. Las espectaculares victorias alemanas conseguidas ese año (contra Francia y Gran Bretaña) no habían logrado “ganar” la guerra y el régimen nazi anunciaba lúgubremente que Alemania se encontraba atravesando “un periodo de calma entre dos batallas”. Al tener que trabajar bajo las restricciones de los apagones oficiales y el racionamiento y que soportar el horror de los bombardeos aéreos por primera vez, los berlineses se enfrentaban al incipiente invierno invadidos por un sentimiento de aprensión.
 
Para colmo, parecía que en las calles de la capital alemana se escondía un nuevo peligro. Durante los últimos tres meses, tres mujeres habían aparecido apuñaladas y otras dos habían sufrido agresiones en la zona comprendida por los distritos de Rummelsburg y Karlshorst y sus inmediaciones. Luego, a principios de octubre, el cuerpo de una joven fue encontrado en el barrio colindante de Friedrichsfelde. La víctima era una madre de dos niños que contaba 20 años de edad y que había sido estrangulada y apuñalada en el cuello.
 
No tardaron en aparecer nuevas víctimas. En noviembre, una mujer de 30 años recibió una paliza que le hizo perder el conocimiento y fue arrojada de un tren en marcha en el sureste de Berlín, a poca distancia de donde habían sido cometidos los anteriores ataques. Posteriormente, el 4 de diciembre, se encontraron otros dos cadáveres. El primero se halló al borde de la carretera que discurría cerca de la línea de ferrocarril de Karlshorst y pertenecía a Irmgard Frese, una muchacha de 19 años. Presentaba fracturas en el cráneo y había sido violada. El segundo, perteneciente a Elfriede Franke, una enfermera de 26 años de edad, presentaba heridas letales en la cabeza y fue encontrado tan solo a 500 metros de distancia del primero. La joven también había sido lanzada desde un tren en marcha.
 
Sangre en las vías
 
Poco después aparecieron más cadáveres. El de Elisabeth Büngener, de 30 años de edad, fue encontrado cerca de las vías de ferrocarril de Rhansdorf el 22 de diciembre y presentaba fracturas en la cabeza. Una semana más tarde, el cuerpo de Gertrud Siewert, de 46 años de edad, fue encontrado en Darlshorst. Al igual que el resto, presentaba fracturas en el cráneo y todo indicaba que había sido arrojada desde un tren en marcha. Una semana más tarde, a principios de enero de 1941, el cuerpo de Hedwig Ebauer, de 28 años de edad, fue encontrado en similares circunstancias en Wuhlheide.
 
Estos tres casos, concluyó la policía, encajaban con el perfil de los anteriores ataques y con el de los anteriores tres asesinatos. Se suponía que habían sido causados por el desconocido agresor al que ya todo Berlín conocía como el asesino del S-Bahn.
 
La capital alemana se encontraba en ascuas, con lo que el asesino empezó a espaciar más sus ataques. Tendrían que pasar cinco semanas antes de que volviera a actuar. La noche del 11 de febrero, el cuerpo de una mujer fue encontrado en las vías de ferrocarril cerca de Rummelsburg. Johanna Voigt tenia 39 años y presentaba terribles heridas en la cabeza y, lo más seguro, había sido también arrojada de un tren en marcha.
 
La siguiente víctima, que habría de ser la última, aparecería cinco meses más tarde. A principios de julio de 1941, el cuerpo de Frieda Koziol, de 35 años de edad, fue descubierto en el mismo distrito lleno de callejones y parcelas donde la primera víctima había sido asesinada diez meses antes. Al igual que el resto de las victimas, el cadáver también presentaba fracturas en el cráneo.
 
Esa misma semana, no obstante, la policía empezó a tener suerte. En su investigación de los 5.000 empleados de la industria ferroviaria, no dejaba de aparecer el nombre de Paul Ogorzow, un ayudante de guardavía de 28 años de edad que trabajaba en el S-Bahn (un ferrocarril urbano). Ogorzow había despertado sospechas entre sus compañeros de trabajo debido a su abierta misoginia y a la costumbre que tenía de saltar la valla del perímetro y desaparecer mientras estaba de servicio. Ogorzow, que ya había sido interrogado con anterioridad, fue arrestado y vuelto a interrogar. Seis días más tarde, tras un largo interrogatorio, finalmente admitió haber cometido ocho asesinatos, llevado a cabo seis intentos de asesinato y realizado 31 agresiones. El asesino del S-Bahn había sido arrestado.
 
Paul Ogorzow es uno de los asesinos en serie menos conocidos de la historia. Aparte de de una semi-novelización en alemán, sus crímenes nunca han conseguido atraer la atención de criminalistas, cineastas, periodistas o historiadores. Los impulsos que lo llevaron a cometer los crímenes eran, al parecer, meramente sexuales. No obstante, los crímenes sirven para obtener información importante, no solo sobre los prejuicios ideológicos de la época, sino también sobre la esencia misma de la vida cotidiana en la capital de Hitler.
 
Dado que los oficiales de la unidad anticrimen de Berlín, la Kriminalpolizei o “Kripo”, sí que consiguieron dar con el asesino, criticar su investigación puede parecer poco elegante. A pesar de ello, cuando tenemos en cuenta que Ogorzow trabajaba para la compañía ferroviaria, que la policía lo conocía y que cuatro de sus ocho víctimas fueron encontradas a menos de un kilómetro y medio de su domicilio resulta sorprendente que les llevara diez meses -y ocho asesinatos- dar con él.
 
Miedo a que cundiera el pánico
 
Para ser justos, habría que señalar que la Kripo tuvo que hacer frente a cierto número de obstáculos a la hora de investigar los crímenes de Ogorzow. El primero fue que los más prominentes políticos de la ciudad no querían dar publicidad a los crímenes por miedo a que cundiera el pánico y a la aparición de titulares de prensa negativos, con lo que el público únicamente conocía los detalles más mínimos de cada caso, condenando así una posible fuente vital de información.
 
De manera más grave, Berlín tenía que realizar los apagones oficiales, cuyas restricciones habían servido de gran ayuda a los criminales y habían resultado una auténtica pesadilla para el cuerpo de policía. El aumento del número de crímenes durante las horas de apagón resultó tan serio que se tuvo que crear una unidad especial de policía para combatirlo. Ogorzow, como el resto, se aprovechaba de la oscuridad para acosar a sus víctimas, escapando con facilidad protegido por las sombras. De hecho, incluso cuando oficiales de la Kripo intentaron en una ocasión llamarle la atención, Ogorzow pudo esconderse con facilidad y evadir a los policías.
 
Insignia de los ferroviarios alemanes
La Kripo se encontró además con la dificultad de procesar un número veraderamente elevado de cadáveres. Las muertes accidentales en las vías de ferrocarril durante los apagones eran de hecho algo relativamente común. En diciembre de 1940, por ejemplo, cuando la Kripo se encontraba en plena investigación de los crímenes de Ogorzow, se registraron 28 muertes en las vías ferroviarias de la capital, casi una víctima al día. La gran mayoría de estas muertes eran atribuidas directamente a los apagones oficiales, causadas por caídas de los andenes en plena oscuridad o por trenes en marcha que inadvertidamente atropellaban a personas que intentaban cruzar las vías carentes de iluminación. La Kripo tuvo que estudiar cada caso y los apagones, según parece, entorpecían las investigaciones a cada paso.
 
Además, la Kripo, claro está, también era víctima de preconcepciones y prejuicios. El primero fue la inaudita confianza que infundía una persona de uniforme y que se hallaba desempeñando un puesto oficial o semioficial. Esta circunstancia llegó a resultar decisiva. Aunque la víctima de una de los primeros asaltos de Ogrozow declaró que su agresor llevaba un abrigo de la compañía ferroviaria alemana, a la Kripo no parece habérsele ocurrido hasta mucho más tarde que el asesino pudiera de hecho ser un empleado de la compañía de ferrocarriles.
 
En vez de ello, la policía permitió que los prejuicios raciales y políticos de la Alemania nazi guiaran la investigación y decidieran quién quedaba bajo sospecha y quién no. Un oficial, por ejemplo, sospechaba que el agresor pudiera ser judío, ya que había un gran número de judíos trabajando en las líneas ferroviarias alemanas. Otro creía que el asesino podía ser un agente británico.
 
También los había que, más acertadamente, aseguraban que el sospechoso podía ser un trabajador extranjero. En el otoño de 1940, Berlín se encontraba inundada de mano de obra extranjera, enviados a menudo contra su voluntad a satisfacer las demandas de personal de los sectores industrial y comercial de la ciudad. No resultaba extraño encontrar trabajadores italianos, franceses y polacos en las fábricas de la zona cercana a Wuhlheide, donde había aparecido el cuerpo de una de las victimas de Ogorzow. A la Kripo no le resultó demasiado difícil concluir que el asesino podía ser uno de esos trabajadores. Como consecuencia, se impuso un toque de queda en los campos de trabajadores extranjeros y el personal extranjero de la compañía ferroviaria se vio sometido a controles exhaustivos.
 
De hecho, la Kripo se mostraba tan miope en cuanto a cuestiones de raza e ideología que aunque Ogorzow se encontraba a dos metros de distancia, todavía les resultaba imposible considerarlo seriamente como sospechoso. Por el contrario, parece que causó buena impresión, ya que aparece descrito como seguro de sí mismo y coherente, “diligente y trabajador, felizmente casado y con dos hijos”. No solo era miembro del partido nazi, sino que también formaba parte de su división de asalto, y daba el pego como miembro sólido y ejemplar de la sociedad alemana. Como resultado, la investigación que se empezó a llevar a cabo se vio desde un principio truncada.
 
Incluso en su confesión pueden apreciarse rastros de la complicada época en que vivía. En primer lugar, parece ser que pensaba que contaba con la protección de un amigo de la infancia que había llegado a oficial de las SS. De manera aún más siniestra, Ogorzow llegó a asegurar que su conducta homicida tenía su raíz en un poco convencional tratamiento contra la gonorrea al que le había sometido un médico judío. Tales burdos intentos por mantenerse en el espíritu de los tiempos de nada le sirvieron ante la Kripo o ante la acusación del tribunal de justicia nazi. Durante el juicio se le describió como “un asesino de naturaleza absolutamente fría y calculadora que se había aprovechado de los apagones oficiales para satisfacer sus depravados instintos sexuales”. Nada se dijo, no obstante, de la fallida investigación de la Kripo.
 
Para finales del mismo mes en que había cometido el último de los asesinatos, Paul Ogorzow había sido juzgado, sentenciado y ejecutado en la guillotina en la prisión de Plotzensee. Todo indicaba que se había conseguido hacer justicia. A posteriori, no obstante, no resulta difícil concluir que podría haberse hecho justicia mucho antes si la policía de Hitler no hubiera tenido que lidiar con las cortapisas impuestas por la guerra y con los prejuicios de la concepción nazi del mundo.
 

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