Fracasar, fracasar y fracasar… para lograr el éxito

 

En algún sitio leí una frase que me gustó muchísimo: “en muchas ocasiones el problema no es que no tenemos suficiente éxito sino que no hemos fracasado lo suficiente”. Obviamente, esta idea rompe con el paradigma social que indica que el fracaso es un estigma que se le atribuye a aquella persona que no fue capaz de alcanzar una meta (en muchas ocasiones impuesta por la sociedad).
Hoy por hoy los padres intentan por todos los medios que su hijo no sea un “fracasado” por lo que le facilitan el camino hasta límites verdaderamente insanos. A la vez, en cada uno de nosotros se va configurando un fuerte mecanismo de defensa que nos impide reconocer nuestros propios errores y limitaciones. Y es que reconocer que tenemos limitaciones y cometemos errores se identifica peligrosamente con el fracaso. ¡Ninguno de nosotros quiere ser un fracasado! Porque nos han educado para tenerle miedo a esta palabra ya que es un indicador de nuestra valía como persona. Aunque realmente no lo sea.
Sin embargo, si miramos a la historia de los grandes genios veremos que, antes de llegar a descubrir sus teorías, su recorrido está lleno de fracasos. De hecho, en la ciencia el fracaso se contempla más como un error que como una derrota, es un paso ineludible en el camino que conduce al desarrollo.
Los motivos del fracaso
El principal motivo del fracaso es el establecimiento de metas que no se corresponden con nuestras capacidades reales para lograrlas. En la actualidad los medios de comunicación publicitan una imagen deslumbrante de éxito que realmente solo puede ser alcanzada por unos pocos. Así, tendemos a asumir estos tótem como metas personales y puntos de referencia sin darnos cuenta que ese estilo de vida no está a nuestro alcance. Ser ambiciosos es positivo y plantearse nuevas metas siempre más desafiantes es una forma para crecer pero no debemos apartarnos del sentido común.
Lo curioso es que muchas de las personas que sienten el fracaso realmente no están tan lejos de su objetivo sino que simplemente se encuentran algunos peldaños más abajo. Así, el hecho de conseguir una retribución más pequeña de lo que esperábamos acrecienta la sensación de fracaso. Tanto es así que se ha comprobado que los atletas olímpicos que alcanzan la medalla de bronce son más felices que los que alcanzan la medalla de plata. Esto sucede porque la plata es el equivalente a no haber ganado el primer lugar, algo decepcionante y frustrante.
Otro gran motivo del fracaso es la tendencia a apostar todo a un solo caballo. Es decir, muchas personas se centran en un único objetivo y no prevén planes alternativos. De la misma forma, algunos profesionales se centran exclusivamente en su carrera y se sienten fracasados en el área de la pareja o las relaciones interpersonales y es que, al apostar toda su vida por el éxito profesional, descuidan otras esferas que pueden reportar mayores dosis de felicidad.
Obviamente, también existen otros factores que determinan el fracaso y algunos de ellos incluso pueden escapar de nuestro control, como pueden ser algunos cambios imprevistos en el escenario, que supuestamente debía sustentar nuestro proyecto pero que al final se convirtió en una barrera infranqueable.
Psicoanatomía de los peores fracasados
Si tuviese que hacer un cuadro psicoanatómico de las personas que se sienten fracasadas me decantaría por dos modelos: el perdedor nato y el eterno perfeccionista. Y es que si profundizamos verdaderamente en lo que es el fracaso veremos que es más un sentimiento de derrota que una situación objetiva. Por ende, lo que una persona puede considerar un fracaso, suele no serlo para otra ya que sus metas en la vida no son idénticas.
El perdedor nato es esa persona que se ve abatida continuamente por los sentimientos de fracaso ya que siente que todo lo que ha hecho está mal ya que no ha conseguido los objetivos que se había previsto. Se trata de personas que tienen una imagen muy pobre de sí mismas y nada de lo que hacen les parece importante de forma que casi todo se convierte en una derrota. Ante el más mínimo problema les asalta el sentimiento de fracaso y, por ende, abandonan su meta.
Por otra parte encontramos al eterno perfeccionista. Para estas personas que son extremadamente escrupulosas y detallistas las cosas deben realizarse de manera irreprochable y perfecta. De esta forma, al no lograr enfrentarse jamás al hecho de que los seres humanos cometemos errores, su vida les parece un cúmulo de imperfecciones y obras inacabadas. Obviamente, estas personas casi nunca saborean el éxito (aunque lo hayan logrado) ya que están en la búsqueda perenne de algo más.
Cuando el fracaso conduce al éxito
Existen personas que se amilanan ante el fracaso pero a otras esta sensación les sirve de aliciente para continuar en el camino. Estas últimas comprenden el fracaso como un paso para lograr sus metas, no como el final de la historia.
Recientemente los psicólogos Jonah Berger y Devin Pope analizaron a un total de 18.000 jugadores de baloncesto de la NBA y llegaron a un resultado paradójico: perder es altamente motivante. De hecho, los equipos que terminaban el primer tiempo con una ligera desventaja en el marcador tenían muchas más probabilidades de ganar al final del juego.
Los investigadores se preguntaron si el efecto motivante del fracaso también se aplicaba a las personas normales. De esta forma le pidieron a 171 voluntarios que pulsaran dos teclas lo más rápido que pudiesen en un lapsus de 30 segundos. El objetivo sería ganarle al adversario. Después de estos 30 segundos se tomó un descanso donde se le informó a cada persona su desempeño y el del adversario. El truco estaba en que a un grupo se le dijo que estaba por debajo del adversario pero por muy poco, a otro se le dijo lo mismo pero señalando una gran diferencia entre los puntos alcanzados y a otros grupos se les dijo justo lo contrario, que estaban por encima. Finalmente, a un quinto grupo de control no se les brindó información sobre su desempeño. Posteriormente las personas debían repetir la tarea durante otros 30 segundos.
¿Qué sucedió? Las personas a las cuales se les señaló que estaban por detrás de sus adversarios pero con una diferencia pequeña, aumentaron considerablemente su esfuerzo y resultados, mucho más que el resto de los grupos.
Esto significa que si comprendemos el fracaso como un paso más en el camino y sabemos que tenemos posibilidades de alcanzar nuestra meta, debemos aprender de los errores pasados y reestructurar nuestros planes en aras de lograr nuestros objetivos.
Fuente:
Berger, J. & Pope, D. (2011) Can Losing Lead to Winning? Management Science; 57(5): 817–827.

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