De la olvidada Turquía al motor europeo

 

Kemal Atatürk fue un visionario. Cuando Turquía se moría con la caída del Imperio Otomano por los aliados de la primera guerra mundial, Atatürk consiguió darle un sentido de patria a la Turquía moribunda. No sólo eso. Fue el creador de un Estado secular y democrático en un país que había estado dominado durante siglos por el islam.

Atatürk creó una Turquía que miraba hacia el futuro con visión histórica; pero sobre todo, con la idea de hacer un país importante. El puente de dos continentes —Europa y Asia— a través de una ciudad, Estambul, le otorgaba un grado de notoriedad. El creador de la Turquía moderna supo verlo y lo explotó como si fuera una moneda de oro.

Pero Atatürk se murió y años más tarde, nació la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, lo que cuarenta años después se convertiría en la Unión Europea.

Durante mucho tiempo, Turquía tocó todas las puertas de los países de la Unión. Pero sin embargo la excusa era la misma: Turquía no respetaba los derechos humanos, empezando por el propio pueblo kurdo. Es verdad, pero también es cierto que otros países europeos, sobre todo de la Europa del Este, no han sido precisamente mirlos y han conseguido ingresar en el “selecto” club.

El presidente Tayyip Erdogan, que acaba de volver a ganar las elecciones, ha sido un activo defensor del ingreso turco en Europa. Habría que preguntarse si ha sido más por los votos que podría conseguir en los comicios turcos que por convicción personal.

En los casi diez años en los que Erdogan ha estado en el poder, ha conseguido poner al país como una auténtica locomotora del progreso euro-asiático. En la actualidad, Turquía esta creciendo al 9 por ciento —algo impensable en España— y hoy, es respetada tras haberse colocado en un lugar prominente en el mapa internacional.

Erdogan sabe que tarde o temprano, más temprano que tarde, Turquía va a ser miembro de la Unión Europea. La pregunta que se hace ahora Erdogan es hasta dónde le compensa a la propia Turquía entrar en el selecto club. Lo digo porque la economía se muere un poco cada día. Los países de la Unión que crecen a mayor ritmo no sobrepasan el 2 por ciento, mientras que la economía turca es la más viva, potente y activa de todas. Es más, Europa necesita del tren de alta velocidad turco. Por eso ahora ha cambiado su discurso y todo son lisonjas y parabienes a los antiguos otomanos. El presidente Erdogan mientras tanto, se deja querer. A ver quién es el mejor postor.

Turquía sabe que su ingreso es fundamental pero si ha podido esperar más de treinta años, puede hacerlo ahora unos cuantos más. La Unión Europea que veía a Turquía como al niño pobre e insolente, ahora lo ve como el adolescente con vigor y ganas de comerse. Y eso a Europa le hace mucha falta.

Erdogan puede convertirse no sólo en un gran presidente, sino en un tipo a tener en cuenta.

No sé si le llegue a salir ese truco de magia de reforma de la constitución para hacer de Turquía una república presidencialista al estilo de Estados Unidos, Francia o México, claro con sus diferencias e idiosincrasias. Pero todo apunta a un país en estado de ebullición con ganas de comerse el mundo, cuando el mundo se quiso comer a los turcos durante muchos años.

Link:http://impreso.milenio.com/node/8978190

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