Turquía: nuevo nacionalismo

Con el monopolio absoluto de la imagen, se ha tratado de convertir las elecciones en un plebiscito para Erdogan, el autodesignado hombre providencial. Una apuesta que, aun ganando, ha perdido.

En principio, habría que calificar de espléndidos los resultados obtenidos por el islamismo democrático de Tayip Erdogan en las elecciones del pasado domingo: 50 por 100 de los votos, 326 diputados sobre 550 con amplias mayorías en toda la Anatolia interior, y sobre todo en las dos capitales, Estambul y Ankara. El segundo partido, el kemalista y socialdemócrata CHP, por poco superaba la mitad de sus sufragios, con mayorías sólo en la que fuera costa jónica, con eje en Izmir (Esmirna) y en el hinterland europeo de Estambul. Había ganado cinco puntos, de 21 a 26 por 100, y 135 diputados, veintitrés más, gracias al discurso riguroso y moderado de su nuevo líder, Kemal Kizirdologu, miembro por más señas de la minoría religiosa aleví, una variante del Islam shií caracterizada por el espíritu de tolerancia. Los ultranacionalistas, como siempre, girando en torno al 10 por 100 de la barrera para acceder al Parlamento, con 13 por 100 y 53 diputados. La sorpresa relativa, el importante avance de los candidatos del partido kurdo, presentados a título individual en las circunscripciones del sureste, para salvar la citada barrera: 6,3 por 100 del total nacional, y 36 diputados, diez más que hace cuatro años. Y que vienen sobre todo a probar que el Kurdistán existe como realidad socio-política.
El éxito tuvo mucho de fracaso, en parte por lo que esta última circunstancia indica. En los últimos tiempos, la política de relativa apertura anunciada por Erdogan respecto de la realidad nacional kurda, por lo menos en el plano cultural, fue sustituida por un nuevo impulso centralizador, y las elecciones muestran que el rechazo de la población kurda a este repliegue ha sido evidente. Pero sobre todo porque Erdogan se ha quedado a cuatro diputados de los dos tercios que hubiese necesitado para plantear un referéndum de reforma constitucional que modificara sustancialmente la apolillada ley fundamental de 1982, que nadie defiende por sí misma, pero que desde el partido de Erdogan se plantea como un viraje decisivo hacia el presidencialismo. Tal y como advirtiera The Economist hace unos días, la amenaza representada por Erdogan no se refiere a la islamización del país, sino a la consolidación de un régimen autoritario. En Turquía hay más periodistas encarcelados que en China, las denuncias desde el poder contra la prensa se cuentan por cientos, se implanta la censura de internet con el pretexto de proteger a la infancia y el proceso sobre la presunta gestación de un golpe militar -el caso Ergenekon- ofrece en su tramitación tantas sombras como luces.
No es extraño entonces que mientras los islamistas celebran ‘la vía del imam’, los opositores anuncien ‘el sultanato del miedo’. La fórmula Erdogan, vía libre a los poderes económicos e islamismo contenido de fondo, funciona a la perfección. La última década ha registrado un constante crecimiento, salvo en 2009, apoyado en una población muy joven y salarios muy bajos: Turquía es una potencia emergente. Contrapunto: derechos humanos. Ningún avance en la investigación sobre el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink, pena de diez años en 2008 por pronunciar discursos en kurdo a la activista Leyla Zana, elegida el domingo diputada por Diyarbakir.
La campaña electoral se ha centrado de modo obsesivo en el actual primer ministro. Un espectador no informado pensaría que se trataba de elecciones con partido único. Mientras de los otros partidos no había más en Estambul que banderitas colgadas de casa a casa por los barrios, la figura de Erdogan presidía por todas partes murales de grandes dimensiones donde el candidato miraba hacia arriba sobre un fondo azul y apuntaba al año 2023, centenario de la instauración de la República Turca. Inequívoca voluntad de perpetuarse en el poder hasta esa fecha. No a otra cosa ha servido el monopolio absoluto de la imagen, convirtiendo las elecciones en un plebiscito para el autodesignado hombre providencial, llamado a sustituir a Kemal Ataturk como icono de la nación. Una apuesta que Erdogan por poco, aun ganando, ha perdido.
Está en curso una amplia discusión acerca de la continuidad y el cambio en la acción exterior de Erdogan. Su habilidad, en éste como en otros aspectos de su política, reside en introducir las mutaciones de fondo sin que la continuidad en la superficie parezca alterada. La estrategia de alianzas es en principio la misma. Turquía no ha roto con su enlace atlántico ni con Estados Unidos en particular, pero intenta proyectar hacia fuera ese status actual de potencia emergente, sin que le preocupe la imagen deparada por sus óptimas relaciones con Irán, desde un designio de hegemonía regional. Siempre con cautela, como pudo apreciarse en el caso libio, donde tras la oposición inicial a la intervención, ha sabido readaptarse rápidamente en espera de jugar un papel decisivo en una eventual solución del conflicto. Tras las buenas palabras sobre Armenia, para impedir la condena norteamericana del genocidio de 1915, regreso al bloqueo del vecino en nombre de la solidaridad étnica y religiosa con Azerbaiyán. Astucia no le falta, pero eso mismo sustenta la desconfianza de los demócratas.
Como telón de fondo, la revisión histórica. Atatürk es aun intocable como padre de la patria. Toca entonces rehabilitar en lo posible al Imperio otomano, subrayando sus etapas de grandeza y su carácter de instrumento político al servicio del Islam y de la nación turca. Incluso el sultán sanguinario, Abdulhamid II, es presentado como último defensor del imperio turco amenazado por todos a fines del XIX. Y sobre todo, exaltación de Mehmet II, el Fatih, el conquistador de Constantinopla en 1453, a cuyo evento se consagra en 2010, paradójicamente con Estambul como capital europea de la cultura, un tremendo diorama llamado ‘museo 1453’ para celebrar la ocupación a sangre y fuego de la capital bizantina. Un cartel electoral colgado no lejos del Bazar mostraba asociadas las imágenes de Erdogan y del Fatih. No deja de ser una deriva preocupante, para Turquía en primer término, y que el creciente rechazo de los grandes de Europa a su integración no hace sino fomentar.

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