¿Tiene futuro Al-Qaeda?

Algunos paquistaníes cuentan que Osama bin Laden había entregado una pequeña pistola con dos cartuchos a uno de sus guardaespaldas con la orden de que lo matara si corría riesgo de caer en manos del enemigo. El propio líder de Al Qaeda había declarado en varias ocasiones su deseo de convertirse en mártir. Eso era en sus tiempos de gloria, cuando todavía podía conceder entrevistas y había manifestaciones a su favor en Pakistán. Llegado el momento, no hubo tiempo para gestos heroicos y apenas unos cientos de simpatizantes asistieron a los funerales en su memoria.

El hombre más buscado del mundo hacía ya tiempo que había perdido relevancia ideológica. En gran medida, Bin Laden fue víctima de su propio éxito. Nada refleja mejor ese cambio que sus guardaespaldas. Frente a las decenas de yihadistas armados que lo protegían en vísperas del 11-S, apenas dos fieles lo acompañaban en la madrugada del lunes cuando los Seals (equipos especiales de mar, aire y tierra) se descolgaron sobre la casa de la ciudad de Abbottabad en la que se escondía.

En el interregno, protagonizó una historia rocambolesca que empezó cuando entró en contacto con la guerra que los afganos libraban contra la invasión soviética durante los años ’80 del siglo pasado. Fue allí donde conoció a varios dirigentes islamistas con los que a fines de esa década fundó Al Qaeda (“La Base”), una especie de paraguas para coordinar actividades, y cuya ideología salafista (una versión extremista del Islam que muchos musulmanes consideran una desviación) justificará más tarde sus acciones terroristas.

El hecho de que Estados Unidos apoyara aquella batalla contra el comunismo llevó a algunos autores a afirmar que Bin Laden fue una creación de la CIA. Nunca se ha probado que existiera contacto directo. Los estadounidenses gestionaban todas sus relaciones con los afganos a través de los servicios secretos paquistaníes. Pero no cabe duda de que en aquel momento Estados Unidos y el que con el tiempo se convertiría en su enemigo número uno estaban en la misma trinchera.

Tejiendo la red. Estados Unidos lo consideraba “uno de los más significativos financiadores de actividades terroristas islámicas en el mundo” ya en 1996. Desde entonces hasta los ominosos atentados de 2001 en Nueva York y Washington, Bin Laden tiene la libertad y el tiempo para crear una red de relaciones entre grupos militantes islamistas dispares desde Egipto hasta Filipinas y desde Chechenia hasta Yemen. Con anterioridad, nunca se había atribuido o aceptado la responsabilidad de los atentados que apadrina. Sin embargo, un video encontrado en Kandahar, en Afganistán, muestra su satisfacción por el horror que produjo el choque de los aviones contra el World Trade Center en Nueva York y el Pentágono en Washington. Las víctimas ya no se cuentan por cientos, sino por miles.

Su última aparición pública fue el 10 de noviembre de 2001, cuando la presión de las fuerzas norteamericanas lo llevó a esconderse en las montañas de Tora Bora. Poco a poco, sus mensajes grabados se fueron espaciando hasta que, a partir de octubre de 2004, un largo silencio dio lugar a especulaciones sobre su muerte.

Aunque la documentación hallada en su domicilio parece desmentir que las limitaciones para comunicarse lo hubieran relegado a un papel simbólico en Al Qaeda, la propia organización estaba perdiendo terreno. Por un lado, los esfuerzos en la lucha antiterrorista no sólo de Estados Unidos y Europa, sino también de los países islámicos, fueron debilitando su estructura.

Por otro, a medida que ganaba influencia en Afganistán, Irak, las zonas tribales de Pakistán y otros lugares del mundo islámico, también crecían sus enemigos. Incluso los que comparten la ideología salafista llegaron a la conclusión de que su “lucha contra los judíos y los cruzados” ha matado a más musulmanes que norteamericanos.

Más importante aún. Como señala el académico John Espósito, “aunque los grupos terroristas son capaces de atraer y reclutar, han fracasado en inspirar un movimiento de masas o en derribar gobiernos opresivos”. Este fiasco se ha hecho especialmente evidente en los últimos meses con la llamada primavera árabe. Las revueltas populares han logrado cambios de régimen en Túnez y Egipto, y están exigiendo reformas democráticas en el resto de la región.

La caída. La mayoría de los analistas coinciden en que Bin Laden había perdido su popularidad en el mundo árabe. De ahí la destacada ausencia de reacciones a su muerte en las calles de esos países. “La muerte de Bin Laden no significa gran cosa para los árabes con todas estas revoluciones que se han producido y que han dado lugar a nuevos dirigentes”, declara el analista egipcio Diaa Rachwane.

Más allá del nivel de control que Bin Laden ejerciera sobre ellos, a su muerte los principales focos activos de su multinacional del terror son Al Qaeda en la Península Arábiga (Aqpa, nacida de la fusión de las ramas yemení y saudí), con sede en Yemen; Al Qaeda en el Magreb Islámico, que opera en Argelia, Marruecos, Mali y Mauritania; los múltiples grupos yihadistas que operan en la frontera entre Afganistán y Pakistán, además de los talibanes paquistaníes (particularmente activos, como lo demostró el atentado del viernes) y los Shabaab de Somalía.

Aunque los partidarios de la vía terrorista se hayan reducido considerablemente, eso no significa que no cuente aún con defensores.

Lo dijo el presidente de Estados Unidos, Barack Obama: “No hay duda de que Al Qaeda continuará sus ataques contra nosotros. Debemos, y lo haremos, permanecer vigilantes dentro y fuera de nuestro país”.

La posibilidad de una venganza (aumentada por el ataque del viernes) por parte de sus secuaces ha puesto en alerta a la mayoría de los países.

Aun así, ese riesgo genérico no debiera llevar a la paranoia. Tal como explicó la empresa de análisis y pronóstico Stratfor, “había yihadistas planeando ataques contra Estados Unidos antes de la muerte de Bin Laden y hay yihadistas planeando ataques hoy”.

Su vicepresidente de información táctica, Scott Stewart, considera que “la idea de que Al Qaeda o una de sus franquicias regionales tiene algún tipo de superataque listo tras la muerte de Bin Laden no es lógica”. El riesgo de que sea descubierto sería muy elevado.

El peligro, señalan los expertos, procede más de la posibilidad de que algún espontáneo o pequeño grupo imbuido de su ideología actúe sobre la marcha. Y eso es algo que requiere una estructura logística de la que carece la mayoría. “La decapitación de Al Qaeda puede que lleve inicialmente a un aumento de los ataques de represalia, pero a largo plazo el impacto de la muerte de Bin Laden tal vez no se registre en la escala de Richter”, interpreta Mahir Ali, columnista del diario Dawn de Pakistán.

El antes mencionado Atwan no descarta “el peligro de que Al Qaeda emerja aún más radical y unida con más fuerza bajo la bandera de un mártir”.

Por ahora, nadie se atreve a escribir el epitafio de la organización. En general, el extremismo religioso que la alimentaba ha pasado a tener un carácter más social que político. La posibilidad de que los islamistas encuentren vías de participación política en los nuevos regímenes que están alumbrando algunos países árabes tal vez constituya el mejor antídoto contra su radicalización. Pero los analistas coinciden en que aún es pronto para saberlo.

De momento, las muestras de alegría que desató en Nueva York la noticia de la muerte del temido terrorista no han tenido un contrapunto significativo entre los seguidores de la red terrorista en Medio Oriente y Asia. En los foros de Internet donde se dan cita los simpatizantes de Al Qaeda, algunos celebraron que Bin Laden hubiera alcanzado el martirio, mientras que otros decían rezar para que no fuera cierto.

“Si es verdad, debemos agradecer a Dios que Estados Unidos no pudiera capturarlo vivo”, se leía en un post en el que también se hacía referencia al humillante video difundido tras la captura de Saddam Hussein en el que se mostraba al dictador iraquí durante un examen médico.

También son numerosos los que, a falta de esa prueba gráfica definitiva, se muestran escépticos con el relato estadounidense y esperan que se confirmen las primeras noticias de Al Qaeda sobre el reconocimiento de la desaparición de su líder.

En un submundo plagado de teorías conspirativas, para ellos siempre quedará el recurso de atribuir la bala que al parecer le destrozó el cerebro a la pequeña pistola que Bin Laden supuestamente entregó a su guardaespaldas. Para su mentalidad, que el enemigo norteamericano sea el que ha eliminado físicamente a su jefe es la peor de las hipótesis.

Link: http://www.lavoz.com.ar/suplementos/temas/tiene-futuro-al-qaeda

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