El nazi que «solo obedecía órdenes»

Fue bautizado como el arquitecto del holocausto. El responsable directo de la muerte de seis millones de judíos asesinaba desde su escritorio, sin mancharse las manos. Tras la caída de Hitler acabó escondiéndose en argentina, pero el Mosad lo capturó. Tras un rápido juicio, en abril de 1961, Adolf Eichmann acabó en la horca.

 

Descolgaba el teléfono y los trenes se ponían rumbo a los campos de exterminio. Por eso, al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann también se le conocía como el transportista de la muerte. Un personaje frío, seguramente un psicópata, totalmente convencido de que el fin justificaba los medios. Sin embargo, durante el juicio en Israel intentó zafarse de su responsabilidad, como si los 110 testigos presentes y las numerosas pruebas documentales que ratificaban su participación en la masacre judía no fuesen con él. Eichmann se defendió de las acusaciones argumentando que en realidad era un oficial de bajo rango de la Gestapo, un técnico sin capacidad de tomar decisiones, «tan solo una pieza» en esa maquinaria nazi que se engrasaba con la sangre de inocentes. A nivel personal, según sus palabras ante el tribunal, incluso era «projudío», pero nunca permitió que sus convicciones «entrasen en conflicto» con las órdenes de sus superiores. Además, era «un experto en inmigración judía» a quien su jefe le había ordenado que pusiese un suelo sólido bajo los pies de los judíos. «Pero no por encima de su cabezas», se permitió bromear durante el juicio, mostrando su arrogancia frente a los tres jueces que lo escuchaban y, dentro, eso sí, de una cabina de cristal a prueba de balas.

«Es un buen orador, un tipo afable»: así definía el corresponsal del Life en Jerusalén, Martin Levin, el comportamiento de Adolf Eichmann. «Sobre cada pregunta, él tiene una explicación preparada. Si un documento lo implica directamente, sabe escabullirse con el argumento condescendiente de que el burócrata de turno se ha equivocado, o que falta documentación, o que las palabras o comportamientos que se le atribuyen están fuera de contexto. Pero también tiene sus debilidades: inconscientemente repetía gestos y argumentos propios de Hitler, y no muestra remordimiento alguno por ello». Las informaciones que en esta época ofrecía Life tienen hoy en día un gran valor histórico, puesto que con el tiempo se ha sabido que esta revista le había comprado a la familia de Eichmann las memorias que este había escrito durante su estancia en Argentina y que tras su detención solo publicó parcialmente. En este punto entran en juego diversas teorías que apuntan a que Estados Unidos conocía desde al menos dos años atrás el paradero del teniente coronel de Hitler y que le interesaba mantener así la situación para ocultar las relaciones americanas con ex nazis que por entonces espiaban para la administración Kennedy en su lucha contra el comunismo.

El 11 de abril de 1961 comenzó el juicio en la Casa del Pueblo de Jerusalén. Aunque había recibido un aluvión de críticas de quienes creían que Eichmann debía ser juzgado por un tribunal internacional, como el de Núremberg, Israel insistió en su autoridad moral para procesar al lugarteniente de Hitler. El juicio duró más de cuatro meses. Y el 15 de diciembre Eichmann fue condenado a la horca por crímenes contra el pueblo judío y la humanidad y crímenes de guerra. Según el fiscal jefe Gideon Hausner, que no pudo dormir durante la noche previa a la apertura del proceso más importante de su vida, «la enorme cantidad de documentos probatorios nos hubieran permitido condenarlo diez veces». A pesar de todo, tanto el hecho de que el proceso tuviese lugar en Israel como la propia condena suscitaron reacciones disconformes en todo el mundo. Una de las más relevantes, por tratarse un prestigioso judío, fue la de Víctor Gollancz, editor inglés de libros, que durante la Segunda Guerra Mundial había ayudado a salvar a numerosos judíos de los nazis y que tras la contienda se convirtió en un inquieto activista contra la pena capital. Gollancz escribió un manifiesto en el que, a pesar de reconocer y condenar los crímenes de Eichmann, pedía a Ben Gurion que no firmase su orden de ejecución. «Si seis millones de judíos han sido sacrificados, ¿qué vale elevar la cifra a seis millones y uno?». Una opinión tan desconcertante viniendo de un judío de la época como la del sacerdote y erudito francés R. L. Bruckberger, quien no dudó en afirmar en respuesta a Gollancz: «Eichmann debe volver al lugar que le corresponde: el último».

Link: http://www.lavozdegalicia.es/SSEE/print.jsp?idContenido=0003_201104SX17P28999&idSeccion=75C38FF20A80B198009B697651EFF72F

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