Interpretación psicológica y social del celibato obligatorio

El gran filósofo cristiano Blas Pascal decía: “Quien se la tira de ángel, termina en bestia”. Los cientos y cientos de sacerdotes y obispos pedófilos parecen confirmarlo. José Amado Aguirre.

Después de leer los análisis profundos de la psicología científica de Sigmund Freud en todos sus niveles, y después de observar con atención los aportes de la parasicología a través de lecturas y de la misma amistad de autores como la del padre González Quevedo, se me ha ocurrido lo que ahora me atrevo a escribir por mi cuenta y riesgo.

Los estudiosos de la historia eclesiástica y los teólogos cristianos conocen el origen de esta norma canónica, muy posterior al inicio de la vida regular cristiana y que perdura obstinadamente bajo la máxima autoridad pontificia actual. Más aun, a pesar de la apertura hacia la libertad, la verdad y el amor del Concilio Vaticano II. Eximios teólogos y moralistas del gran Concilio expusieron sus opiniones a favor del llamado “celibato opcional”, con lo cual dignificaban la doctrina de Cristo: “… también habrá eunucos por el reino de los cielos”. Lo cual implica la libertad para ser virtud.

Es decir que someterse por obligación a ser “eunuco”, es aceptar la “esclavitud” del eunuco. Así, “tuvieron” que ser condenados por la Iglesia de acuerdo al Código de Derecho Canónico del medioevo, actualizado por obra del cardenal José Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI), miles y miles de sacerdotes por optar libremente por el matrimonio, con dispensa o no del famoso celibato obligatorio.

Para ellos, por haber aceptado “libremente” en un momento de su vida esa obligación para acceder al sacerdocio, el matrimonio y la familia configuraban “un pecado-delito” imperdonable. Ya nunca podrán ejercer su sacerdocio eterno.

¿Una virtud? Para tanta pena, ¿qué interpretación cabe? Solamente se me ocurre una, que no será del agrado de ninguna autoridad eclesiástica, por supuesto. Pero a mí me interesa la verdad, nada más que la verdad y la defensa de la libertad que “nos trajo Cristo”.

Cuando el imperio romano se entregó al cristianismo con Constantino y más concretamente con Teodosio el Grande a fines del siglo IV, los obispos romanos comenzaron a incorporar la administración imperialista romana a su nueva y sostenida actuación. Para eso, acudieron, no digo conscientemente, sino política y efectivamente a un poder cada vez más absoluto como lo atestigua la historia. Y después de avances cada vez más espiritual, política y económicamente recomendaron y luego obligaron a los pretendientes al sacerdocio a renunciar al matrimonio. Así, con la supuesta virtud del celibato obligatorio, los bienes temporales quedaban en poder de la Iglesia. Y sobre todo, usaron de un antiguo y eficaz medio para controlar el “poder y la gloria” recurriendo al viejo método de dominio en animales y hombres: la castración “por el reino de los cielos”, que en realidad era el “reino de la Iglesia”.

Así de simple. Es decir que quien controla el sexo, controla al hombre. Ya lo sabían nuestros antiguos humanos que castraban a recios toros y obtenían pacíficos bueyes.

Y se llenaron las piadosas páginas religiosas de alabanzas a la “virginidad”. Y la virginidad era la “virtud angelical”, ¡como si los ángeles tuvieran sexo! ¡Como si el mayor título de la Madre de Dios, fuera su “virginidad”! Anteponer la virginidad a la maternidad en la Madre de Jesús es una barbaridad teológica. Lo sexual apenas si era “tolerado” porque sólo de allí provenían “los y las vírgenes” (San Jerónimo dixit ). Y aún el gran teólogo San Agustín, que gracias a Dios tuvo un hijo, Adeodato (dado por Dios), llegó a afirmar que “la mayor virtud de los matrimonios cristianos era amarse sin sexo… a ejemplo de la Sagrada Familia” (sic).

Será por eso que el cardenal José Ratzinger (cuya madre, gracias a Dios no fue virgen) afirmó con toda su legítima autoridad: “Si los divorciados católicos quieren comulgar, deben comprometerse a vivir como hermanos.” (sic).

Prefiero terminar esta cuestión citando al gran filósofo cristiano Blas Pascal: “Quien se la tira de ángel, termina en bestia”. Los cientos y cientos de sacerdotes y obispos pedófilos parecen confirmarlo.

Entonces, ¿será cierto aquello de que “quien controla el sexo domina al hombre?” Alguien, y desde muy arriba, afirmó que la Iglesia era “maestra en humanidad”.

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