El límite de la tolerancia: ¿Dónde está?

La tolerancia se comprende de formas muy diversas, hay quienes piensan que es una capacidad para asimilar influencias nocivas sin presentar una reacción de rechazo, hay otros que van un paso más allá para afirmar que la tolerancia es la cualidad de coexistir con lo diferente sin tener prejuicios. Lo cierto es que en muchas ocasiones cuando escuchamos la palabra tolerancia vienen a nuestra mente las acepciones: flexibilidad, condescendencia y, ¿por qué no? también los vocablos: sumisión y aceptación cognitiva, pero no emocional.
Y es que a través del tiempo la tolerancia ha asumido un sentido negativo que se expresa en la frase: “te acepto pero no te comprendo (ni quiero hacerlo)”; es un contenido de valor emocional negativo que está asociado a la resignación. Así, la tolerancia también se relaciona en el imaginario popular con la resistencia estoica y la pasividad.
La palabra tolerancia implica en primer lugar: “una situación o una persona a tolerar” y en segundo lugar: “un motivo por el cual ser tolerantes”. Más allá de qué o a quién debemos tolerar, lo verdaderamente interesante es la motivación por la cual decidimos ser tolerantes. Imaginen una situación en la que hayan sido particularmente tolerantes ¿por qué lo han hecho?
Cuando somos tolerantes porque creemos que no podemos hacer nada estamos mostrando una suerte de desesperanza aprendida, nos estamos rindiendo ante la situación o la persona. Obviamente, en este caso la tolerancia adquiere matices negativos porque nos convertimos en personas apáticas, desinteresadas y no comprometidas con la realidad.
Cuando manifestamos la tolerancia porque creemos que no podemos incidir sobre la situación que estamos vivenciando estamos encerrándonos en un círculo de inmovilismo, aceptamos lo que no podemos cambiar pero no estamos de acuerdo con ello. La trampa estriba en que una vez que asumimos una actitud tolerante los niveles de conflicto que percibimos disminuyen notablemente y esto ayuda a mantener el mismo estado de cosas, hace que todo se mantenga igual.
Entonces, cuando nos planteamos ser tolerantes el primer paso que debemos dar es analizar cuáles son nuestras razones. Si somos tolerantes porque no tenemos esperanzas de cambio entonces sólo nos sumiremos en un círculo de desinterés que no nos conduce a ningún sitio.
No obstante, existe la tolerancia activa, una tolerancia que no implica pasividad sino que comprende y acepta (cognitiva y emocionalmente) a la otra persona o situación. En este caso la tolerancia no adquiere pespuntes grises porque tolerar significa coexistir y comprender al otro, aún si no estamos dispuestos a comportarnos de la misma manera.
Aunque la diferencia entre la tolerancia pasiva y la tolerancia positiva pueda parecer muy nimia, lo cierto es que el simple hecho de aceptar emocionalmente un hecho, comprenderlo desde el punto de vista cognitivo y asumirlo, no como una opción desesperada, sino como un proceso decisional consciente; marca una diferencia notable en nuestra actitud hacia la situación y hacia nosotros mismos. En este caso la tolerancia no sería un mínimo, sino un máximo de lo que se puede lograr a pesar de las diferencias.
No obstante, para que la tolerancia sea un proceso positivo se deben presentar varios factores:
– La disposición a la concesión y a establecer una relación de intercambio
– El mantenimiento de una relación de equidad donde ambas partes detenten un poder que asegure la no sumisión
– El encuentro y la priorización de una serie de intereses comunes
– La posibilidad de ejercer y demostrar libremente las contradicciones y las diferencias
Estos factores garantizan que tolerar no sea un acto de sumisión o una alternativa única sino una decisión consciente. No obstante, cuando estos factores se manifiestan normalmente se presenta un contrasentido: las personas no desean ser tolerantes simplemente por miedo o porque son demasiado rígidas en sus patrones de comportamiento y de valoración del otro (pero éste ya sería otro tema de discusión).
Así, más allá de si se asume una tolerancia pasiva o positiva, hay quienes se preguntan dónde está el límite de la tolerancia. En este sentido me gusta pensar en la tolerancia como una suerte de zona de desarrollo próximo; es decir, un espacio que aún no se ha desarrollado pero que puede alcanzarse con la ayuda de otras personas. Esta zona de desarrollo próximo será más o menos estrecha en relación con los prejuicios, los hábitos, los estereotipos o las convicciones que posea cada persona y la rigidez o flexibilidad que demuestre para cambiar los mismos. Asumiendo la tolerancia como una zona compartida con otras personas y enmarcada en una situación específica podemos comprender que un comportamiento tolerante puede serlo “aquí y ahora” pero puede no manifestarse mañana porque las condiciones del entorno (o de la propia persona) han variado.
En sentido general, el límite de la tolerancia (la tolerancia positiva) se establecerá allí donde la persona no pueda ir un paso más allá debido a que su sistema de valores se lo impide, debido a que lo que considera que es “bueno” y “correcto” ya no se aplica al caso en cuestión.
Me gustaría terminar estas reflexiones/inflexiones sobre la tolerancia recordando una frase de Perls que destaca la importancia de ser tolerantes preservando las diferencias individuales: “Yo hago mis cosas y tú haces las tuyas. No estoy en este mundo para cumplir tus expectativas , ni tú estás para cumplir las mías. Tú eres Tú, y Yo soy Yo. Si por casualidad nos encontramos será hermoso. Si no, entonces no hay nada que hacer”.

Fuente:
Calviño, M. (2001) Análisis dinámico del comportamiento. La Habana: Editorial Félix Varela.

Link: http://rincon-psicologia.blogspot.com/2011/04/el-limite-de-la-tolerancia-donde-esta.html

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