Melómano: psicópata

Se dieron el otro día las circunstancias –la pereza, el zapping, la ociosidad, el morbo- para quedarme enganchado con una película menor de John Travolta. No la dirigía, la protagonizaba con los clichés propios y con los que siempre aporta la factura hollywoodense.

La película en cuestión se titula “La hija del general”. No voy a repetir aquí los pormenores del truculento argumento, pero sí me voy a detener en las particularidades de uno de los personajes que termina suicidándose. Es un tipo hermético, siniestro. Es un melómano.

En efecto, parece haber cundido la moda de servirse de la música clásica para retratar a sujetos anómalos, extravagantes, psicópatas. El caso más evidente es el de Hannibal Lecter. Un sofisticado antropófago, inteligente y refinado psiquiatra a quien entusiasma la música de Bach delante de un plato de sesos. Particularmente “Las variaciones Goldberg”. Y, más en concreto, la versión “enfermiza” de Glenn Gould.

Por similares razones, el sospechoso de “La hija del general” aporta a la película un perfil lo suficientemente siniestro como para que le guste un aria de Sarastro en “La flauta mágica” y el inevitable, proverbial, prosaico, machacón “O Fortuna, velut Luna” de “Carmina Burana”. O de “Carmiña Burana”, como deslizó en su día un político gallego.

Lo que me preocupa del “síndrome Lecter”, vamos a llamarlo así, es que los melómanos corremos el riesgo de aislarnos en una suerte de gueto, de secta, de grupúsculo marginal. Que nos guste “Lohengrin” puede interpretarse como una prueba de nuestra latente devoción hitleriana. Y que nos guste “La pequeña música nocturna” de Mozart sobrentendería un comportamiento pederasta, exagerando, ya ven, un poco las cosas.

No ayuda a resolver el problema la actitud de los melómanos impostores. Me refiero a los espectadores que no disfrutan de la ópera, sino que disfrutan de ir a la ópera. Es decir, que el acontecimiento social, el exhibicionismo, el placer de pasearse en los descansos, la oportunidad de llevarse a la querida, sobrepasan la experiencia musical. Y la matratan.

Así es que se antoja bastante más sana la melofobia de Groucho Marx en “Una noche en la ópera”. Sincera. Impagable. Memorable.

Link: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/blogdepecho/2011/03/29/melomano-psicopata.html

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