Artículo: “La lógica civil de la violencia.”

ENRIQUE GIL CALVO 26/03/2011

 

El vuelco de la guerra civil en Libia, tras el fracaso de los jóvenes insurrectos que ansiaban emular a sus homólogos tunecinos y egipcios, ha vuelto a replantear el eterno problema de la violencia: el recurso más eficaz, según el realismo político, para decidir las contiendas políticas. Lo cual es de lamentar, pues en un principio no pareció así. Por el contrario, el rápido éxito de las revueltas democráticas de Túnez y El Cairo fue interpretado como una victoria de la no violencia sobre la lucha armada, que venía a poner fin a un largo ciclo de terrorismo como estrategia dominante de lucha contra la tiranía. Así, la lógica yihadista de Al Qaeda y compañía cedía el paso ante la momentánea superioridad del pacifismo democrático movilizado a través de las redes sociales. Pero el espejismo de la llamada “República de Facebook” iba a durar bien poco, pues cuando se intentó propagar a Libia pronto se reveló impotente para resistir la ola de fuego desatada por Gadafi. Lo cual nos lleva de regreso a la ley de hierro de la violencia como arcaico resorte de lucha por el poder.

He aquí algunos libros recientes que reflexionan sobre el fenómeno de la violencia política. El historiador cultural Robert Muchembled presenta un recorrido panorámico sobre las formas de violencia popular y su paulatino control por parte del Estado moderno. Y el común denominador es el protagonismo violento de las redes de jóvenes airados que no logran integrarse socialmente. Una situación de bloqueo idéntica a la que ahora se da en los países árabes atrapados en una trampa malthusiana, dado el fuerte crecimiento del número de jóvenes a los que no se puede dar empleo digno. Es la bomba de relojería que antes explicaba el terrorismo yihadista pero que ahora ya no se aplica al pacifismo no violento de los jóvenes demócratas. Y este retroceso de la propensión a la violencia debe ser atribuido a la elevación de la escolaridad de la juventud árabe de ambos sexos. Para los jóvenes sin cualificar, la violencia constituye su único recurso político y su principal seña de identidad. Mientras que los jóvenes profesionalmente cualificados prefieren reivindicar sus derechos recurriendo a manifestaciones no violentas en la plaza pública y en la Red digital. Aunque poco puedan hacer frente a la fuerza bruta de Gadafi.

Pero en la guerra de Libia interviene otro factor: la lucha por el control del petróleo. Es la temática cubierta por Welzer, que centra su investigación en las Guerras por los recursos (Michael Klare, Urano, 2003) como las que desgarran el continente africano, en pugna por el control del petróleo y los minerales estratégicos o preciosos. Pero la originalidad de Welzer es que predice la multiplicación de las guerras por los recursos a partir del ya ineluctable cambio climático (a partir de Diamond: Colapso, Debate, 2005), cuya progresiva deforestación y erosión del suelo determinará una creciente escasez de alimentos y agua potable: los recursos por los que estallarán las guerras del futuro, generando masivos desplazamientos de refugiados que a su vez desencadenarán nuevas guerras genocidas de limpieza étnica.

Por lo demás, las guerras por los recursos son siempre guerras civiles, cuya lógica se analiza en el libro de Kalyvas. A partir de la teoría de la elección racional, y con exhaustiva evidencia extraída de múltiples guerras civiles (como la nuestra) entre las que destacan las griegas (donde el autor realizó un prolongado trabajo de campo), el libro se propone resolver un enigma fundamental. ¿Por qué en ciertas localidades estalla una terrible violencia civil mientras que en otras análogas o incluso vecinas apenas se da? Y la explicación que proporciona Kalyvas es el grado de control del territorio por parte de los antagonistas que dirigen las hostilidades. Con control total de un solo bando o equilibrio paritario entre ambos, apenas hay violencia contra los civiles potencialmente desertores, bien porque no los hay en el primer caso o porque pueden pasarse fácilmente al enemigo en el segundo. En cambio, cuando un bando contendiente alcanza la hegemonía sobre un territorio, pero su grado de control no es completo, entonces la violencia contra los potenciales desertores se hace muy elevada, por efecto del interesado incremento de las delaciones.

Y este lúcido resultado bien pudiera traspolarse a la guerra civil larvada que ha venido padeciendo el País Vasco, que centra la atención de los últimos libros analizados. El de Aurelio Arteta, cuyo elevado nivel de reflexión no puede ser abordado en este lugar, se centra como el de Kalyvas en el análisis de la delación como cooperadora necesaria del asesinato político. Pero en Arteta no se trata de una delación expresa sino de otra forma tácita de delación por omisión, denegando amparo a las víctimas. Un tipo de análisis que bien pudiera incluirse en la última obra a considerar, un volumen compilado por Rivera y Carnicero en el que escriben historiadores (Aróstegui o Juliá), politólogos (Cruz, Del Rey) y sociólogos (como Sánchez-Cuenca) dedicados al análisis transversal sobre la violencia política y cuya reflexión abarca desde la Guerra Civil al terrorismo en Euskadi. De ahí que la obra sea heterogénea y desigual, destacando el denso ensayo de Martín Alonso sobre la retórica discursiva de la violencia política.

Link: http://www.elpais.com/articulo/portada/logica/civil/violencia/elpepuculbab/20110326elpbabpor_28/Tes?print=1

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